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La obligación de ganarse enemigosKarma. Equilibrio. La obligación de ganarse enemigos. O de asumirlos. Son los conceptos que se me vienen a la cabeza al acabar de leer el primer relato de "El Libro de los amores ridículos". También la honradez necesaria para asumir esos enemigos. La excusa de Kundera es una relación. La del profesor ayudante con Klara. Se quieren, beben vino, hacen el amor, se encuentran a escondidas. Pero es la excusa. La excusa para presentarnos a personajes que hacen de la falta de honradez una forma de vida. Lo peligroso es que el equilibior, el karma, actúa de ellos de diferentes maneras. Tenemos al profesor ayudante. No quiere ganarse enemigos. Es diletante hasta la extenuación con Klara. Le promete el oro y el moro porque a su manera, la ama. Adula e incluso a veces se arriesga para publicar sus artículos, pero quiere ganar su plaza en la Universidad. Es capaz de mentir para no granjearse enemistades. Tenemos a Zaturecki. Copia textos. Persigue al profesor. Busca su cobijo para ganar puestos en la escala del reconocimiento. Tenemos a Katousek. Trata con mano izquierda al profesor ayudante, pero elude ayudarle. Se quita a Zaturecki de encima para enviárselo al profesor ayudante. Se aprovecha de la situación para acabar con Klara. Tenemos a Klara. A su manera, también quiere al profesor ayudante, pero quiere sobre todo ser modelo. Busca su amparo para ascender, y acaba buscando otro refugio y otra escalera. ¿Es la única honrada la Zaturecka, la mujer de Zaturecki? Quizás. Se ha acostumbrado a proteger al hombrecillo. Y al final, solo trata de defender la honra de los dos. Sólo el profesor ayudante es castigado por el equilibrio, por llamarle de alguna manera. Eludir a los enemigos no le protege de ganárselos al final. Acaba sin plaza en la Universidad y sin Klara. El amor ridículo de esta historia. Todo este retablo de personajes no acaba de dejarme tranquilo. Me conmueve la dignidad rural de la Zaturecka, me asusta la equivocación del amor interesado, me asusta todavía más la posibilidad de no ser honrado consigo mismo ni con los demás. Me crea pánico descubrir en mí rasgos de todos ellos. Yo creo en la honradez. Me gusta decir las cosas a la cara. Y que me las digan. Duelen (o no, si son buenas), pero liberan. Sin embargo, la desazón de este relato la crea la aleatoriedad de la solución. Al final todos se quedan igual o ganan, menos el profesor ayudante. Independientemente de sus ganas de ser sinceros, de parasitar al otro o de jugar a las relaciones idílicas. No, no me he reído, porque ya avisa Kundera en el título, "Nadie se va a reír". Me puedo poner en el lugar de cualquiera de los personajes, añoro las tardes de vino en el salón de casa en buena compañía, siento que los enemigos no hace falta buscárselos, y en el fondo, muchas veces, lo que sirve para seguir creciendo en muchos campos es independiente de la actitud. Y del Karma. purnas. Menéame Martes, 08 de Abril de 2008 20:57. Comentarios » Comentar |
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